A collage Odyssey

                         

Hace unos días Radio Nómada Berlín asistió a un interesante taller a cargo de la artista argentina Florencia Lavalle, quien ha creado, en palabras de ella, un espacio de collage que busca explorar los conceptos del dadaísmo: accidente, azar e improvisación. La actividad fue muy divertida. Los participantes tuvimos que componer un collage en grupo mientras escuchábamos canciones de la psicodelia brasileña de los 60. Fue el equivalente a un cadáver exquisito musical pero usando recortes de páginas en vez de versos.

Después, nuestra compañera de la Radio, Rositsa Mahdi, nos deleitó con una charla bajo el titulo "Cuestonando nuestra forma de pensar sobre el espacio: los mapas", en cuya plática aprendimos a distinguir el transfondo politico y colonial que hay detrás de la cartografia estándar de los colegios.

Todos los sábados Florencia organiza sus talleres "Dada-Collage" con la colaboración de Andenbuch, una librería latinoamericana y espacio cultural para escritores y artistas. Os recomendamos que participéis y que visitéis este templo de sabiduría.

Mas información:
https://www.facebook.com/florencia.lavalle.9
https://www.facebook.com/andenbuch/

https://www.facebook.com/events/254515088869330


Evento Fembunt

Ayer domingo el colectivo feminista de mujeres búlgaras afincadas en Berlín organizó un evento muy especial para darse a conocer en la comunidad berlinesa. FEMBUNT nació hace poco más de un año y ya ha conseguido, según nos cuentan algunas de sus miembros, una subvención estatal con la que podrán realizar numerosos eventos culturales en lo queda de año; entre ellos, una exhibición en octubre en el Club der Polnischen Versager con la participación de mujeres artistas internacionales, con experiencia en migración y afincadas en Berlín.

El evento de ayer tuvo lugar en el bar 20five, en el bohemio barrio de Friedrichshain. Hubo un almuerzo, charlas, debates e intercambio de ropa y abalorios. Les deseamos toda la suerte del mundo a ese colectivo en su lucha por los derechos de las mujeres búlgaras.



Música japonesa de los 60’s-80’s & Bento Box


El viernes pasado nos colamos en el bar Oblomov Kreuzkoelln para un evento muy especial. Música japonesa de los 60’s-80’s, acompañado de comida tradicional. Por solo 7 euros pudimos degustar el famoso ‘bento box’: una porción de comida, común en la cocina japonesa, servida en una cajita con diferentes compartimentos. Un bento tradicional contiene arroz o fideos, pescado o carne, con verduras encurtidas y cocidas. En esta ocasión, la cocina del Oblomov a manos de una experta cocinera nipona, sirvió las famosas croquetas japonesas poniendo así la opción vegana en el menú.

El ambiente estuvo cargado de positividad desde el principio, con una estupenda música sonando por los altavoces, a cargo del celebérrimo DJOnoniionioniion / Showa Kayo (artista polifacético), quien nos deleitó con canciones bailongas, alegres, mostrando también la riqueza musical que existe en Japón y que la mayoría de los europeos desconocemos. En una esquina hubo un pequeño espacio para la venta de vinilos. Como yo no entendía japonés, me acerqué al DJ y le pregunté si podía recomendarme alguna banda psicodélica. Él, con una amabilidad insuperable, me recomendó ‘Chaco & Hell’s Angel’, cuyo disco tenéis la posibilidad de escuchar en el link.

En fin, merece la pena sumergirte en la noche de Kreuzköelln, nombre éste referente a la zona entre Kreuzberg y Neukölln (entre Hermannplatz y Kotti). En una ciudad tan ‘multikulti’, es realmente sorprendente que podamos viajar a todas las partes del mundo y conocer un pedazito de cada cultura sin movernos de Berlín.

Para la próxima, volveremos. Gracias.  






Crónica de una protesta global

A finales del pasado mes de agosto Greta Thunberg hizo un viaje en barco por el Atlántico, desde el puerto inglés de Plymouth hasta Nueva York. La joven activista sueca quiso mostrar con esta acción simbólica que podemos vivir sin emitir carbono al aire. Ahora que ella se encuentra en el corazón de Wall Street, donde gélidos 'yuppies' embutidos en trajes al estilo Gordon Gekko controlan el mundo, va a asegurarse de que la escuchen. No va a ser un discurso cualquiera. Se hará oír nada más y nada menos que en la cumbre sobre el cambio climático que la ONU celebrará en unos días. 

Greta se ha convertido en el ídolo de los más jóvenes; aquellos niños y aquellas niñas que miran al futuro con incertidumbre, que se preocupan por la destrucción sistemática del Medio Ambiente a manos de empresas multinacionales, del 'Lobby' de los recursos energéticos, también de muchos gobiernos, los cuales están contaminando el mundo y causando sufrimiento a una población desfavorecida allende nuestras fronteras europeas. Una vez Greta afirmó que no iría nunca más a la escuela los viernes, porque era absurdo aprender cosas que, luego, los adultos no cumplían: tantos logros en el campo de las tecnologías y, sin embargo, siguen destruyendo la naturaleza. Además, cuando los adultos se mueran, piensa Greta, nosotros 'los jóvenes' heredaremos un planeta destruido. Este pensamiento ha supuesto un punto de inflexión en el pensamiento juvenil. Por eso, hoy viernes jóvenes de varias edades no han ido a las escuelas y han tomado las calles de Berlín en protesta.

El movimiento feminista ha jugado un gran papel en esta manifestación, pues las conscuencias del calentamiento global afectan directamente a las mujeres. ¿Quién va a recoger agua de los lejanos pozos en una zona desertificada? ¿Quién cuida de los bebés con plomo en la sangre? ¿Quién cuida de la familia, cuando los maridos han sido asesinados en conflictos producidos por el control de los recursos? Algunos de los eslóganes de las pancartas son suficientemente claros: 'Burn the patriachy, not the amazon', 'climate change is a man-made problem with the feminist solution'. Otros se refieren a los cimientos del sistema: 'March now or swim late', 'El capitalismo es la crisis', 'make love not CO2', o 'Make love great again' en referencia a la fórmula de Donald Trump.

La manifestación se concentró frente a la histórica puerta de Brandenburgo. Hubo más de 250.000 manifestantes. La presencia de niños y niñas fue elevadísima, acompañados de sus padres, madres, profesoras y tutores. Aunque también hubo gente de todas las edades, incluso pensionistas, los cuales mostraron su apoyo con una pancarta que decía 'los viejos también quieren preservar el planeta'. Desde un amplio escenario científicos, alumnos de universidad y políticos progresistas arengaron a las masas. Entre las disertaciones, músicos de diferentes estilos cantaron odas por un cambio, un cambio de modelo de explotación, de consumo, de estilo de vida. La manifestación de ayer fue extraordinaria y será recordada como el día en que millones de personas de todo el mundo lanzaron sus consignas para intentar salvar el planeta.

Para finalizar, una cosa nos ha quedado clara, y es que al menos en Berlín la sociedad ha tomado conciencia del momento histórico por el que estamos atravesando. Si no cambiamos los modelos, si no damos otro ritmo a la máquina del consumo, nos veremos abocados a un futuro incierto con terribles problemas medioambientales y climáticos.

Retratos de un carnaval

El ser humano es  vivacidad, color, multiplicidad, mestizaje y ansias de gozo. Todos estos atributos se dibujan en nuestro rostro, entre cuyas líneas podemos vislumbrar los sútiles reflejos del alma. El retrato es una herramienta fotográfica para mostrar la naturaleza humana, sus sentimientos, sus inquietudes, sus identidades. Con tan sólo un "click" el mundo entero es revelado. Y este mundo se encuentra en Berlín cada año por el mes de junio.

El Carnaval de las Culturas no puede describirse sin emplear la palabra Diversidad. Personas de todas las partes del mundo se reunen en torno a un espacio para expresar sus identidades culturales: la comida, la música, la danza, las costumbres, los trajes folclóricos y, sobre todo, los genotipos. El resultdo es una explosión vibrante de colores y sabores concentrados en un mismo lugar durante los tres días que dura tal evento. 

Atrído por esta heterogeneidad, me colgué la cámara en el cuello y me disposa a lanzar ráfagas de fotos en busca de la especie humana. Mi interés se basó en fotografiar retratos en un ambiente tan cargado de movimiento, y a la vez tan masivo. Así que aquí os dejo una muestra. Lo que veréis simplemente son rostros dispares engullidos por la masa y mostrando su lado más humano. 

Título del estudio: "Retratos de un caraval". 





























    

No sólo döner kebap

Berlín es una de las ciudades más interesantes de Europa para comer de manera económica y además para descubrir nuevas recetas. Su carácter cosmopolitano e internacional es bien conocido. Podemos observarlo en su historia: durante los años 50 la economía alemana del oeste afrontaba un grave problema de falta de mano de obra. El entonces ministro de trabajo Theodor Blank promovió que se contratasen trabajadores de los países del sur, entre los que se encontraban España, Italia, Turquía, Marruecos, Grecia, la antigua Yugoslavia o Portugal. Fueron llamados los "Gastarbeiter" (trabajadores invitados), requeridos en la minería, la siderurgia, la industria automovilística o la construcción. Muchos de ellos regresaron a sus países de origen años más tarde. Otros, sin embargo, se quedaron, formando el grupo social al que aquí denominan "Person mit Migrationshintergrund" (persona con antepasados migrantes), que viene a ser lo mismo que "un alemán con raíces de otro país".  

La gran riqueza cultural que se ha ido depositando generación tras generacion sobre la ciudad es un hecho que el berlinés autóctono suele desdeñar, ya que se siente amenazado por la intromisión de culturas foráneas. Un caso especial se encuentra  en el pueblo turco, el grupo más numeroso, cuyas gentes suman más de dos millones en todo el país, y 120.000 viven en Berlín. Pese a todo, Berlín no sería la urbe que hoy es sin este sustrato turco, imprescindible para comprender la evolución que ha sufrido en los últimos 50 años, convirtiéndose en la vanguardia de Europa.  

Sin entrar en niguna controversia, es indudable que Berlín no es sólo la Meca del döner kebap. Esta ciudad de más de tres millones y medio de habitantes posee un amplísimo abanico de restaurantes, bares, establecimientos de comida rápida tipo "take away" o cocinas del mundo. La comida italiana siempre ha estado en auge. En el presente la española y peruana se encuentran en alza, mientras que las cocinas africanas y asiáticas son igualmente prestigiosas, De todos modos, si paseamos por cualquier barrio de Berlín nos daremos cuenta de la variedad geoculinaria existente: Vietnam, Punjab, Argentina, Japón, Grecia, Jamaica, México, Taiwan, Bulgaria, Francia, Cuba, Indonesia, Sudan, etc.  

Lo verdaderamente impresionante son los precios, pese a ser una capital de una nación próspera. Evitando las zonas turísticas, la media de una comida ronda los 5 €. La cantidad y calidad depende mucho de donde vayas, pero, si conseguimos alguna recomendación, seguro que encontraremos un lugar sorprendente. 

Y para terminar, os recomiendo varios sitios de comida internacional muy económicos. Estos puntos no se encuentran en ninguna guía oficial o página Web, sino que las he ido anotando en función de mi propia experiencia. Espero que disfrutéis y ¡buen apetito!

- Pho Pha: comida vietnamita. Hermannstr. 151, 12051 (el plato cuesta entre 5 y 8 
€ -cantidad muy abundante-)
- Basmah: comida sudanesa. Reichenbergerstr. 26, 10999 (Döner por 3 
€, salsa satay incluida -cantidad abundante-)  
- Musashi: comida japonesa. Kottbuser Damm 102, 10967 (mejor Sushi de Berlín, bandeja entre 10 y 15 € -cantidad abundante-).
- TS Food Supermarkt: supermercado hindú y africano. Alt Moabit 74, 10555 (hay una mesita en mitad del supermercado donde venden las mejores samosas de Berlín por solo 1 € la unidad -cantidad abundante-)
- Falafel Humbaba: comida de Oriente Medio. Turmstr. 85, 10551 (mejor kebap de la ciudad con excelente pan de pita y salsa picante entre 3 y 4 €)
- Geco Tapas-Bar: comida española. Grünauerstr. 46, 12524. En Köpenick (comida española de exquisita calidad, tapas entre 4 y 6 euros, plato de embutidos entre 4 y 9 euros -cantidad aceptable-)

Los "rescatadores" de alimentos


Foodsharing es una plataforma online establecida en Berlín y encargada de rescatar, compartir y distribuir los alimentos que se tiran a la basura. Es completamente gratis y su trabajo es voluntario.

Esta iniciativa nace en el 2012 como asociación encabezada por Valentin Thurn, director del film “taste the waste”. Se sumaron a esta causa un numeroso grupo de activistas con la idea de frenar el ingente volumen de comida que se tira al cabo del día en las grandes ciudades. Y qué mejor manera de hacerlo que entrando en acción. Entre abril y julio del 2012 emprendieron una campaña de crowdfunding, cuya finalidad era conseguir 10.000 euros para lanzar la página Web y divulgarlo por toda Alemania. El resultado fue más que positivo, pues al final recaudaron más de 11 mil euros. Ese mismo año la Web comienza a funcionar; un año más tarde crean una en Austria. En el 2014 eran más de 34.000 usuarios activos en la plataforma, rescatándose toneladas de comida. 

Pero ¿cómo funciona Foodsharing? Os preguntaréis.

Previamente hay que saber que hubo un convenio entre los supermercados ecológicos (como LPG Biomarkt, Bio Company, Alnatura o Denn’s) y la asociación. Las empresas se comprometieron a que los llamados “savers” o rescatadores entrasen en sus almacenes para recolectar la comida que se iba a deshechar. Esta actividad siempre lo hacen voluntarios, los cuales seleccionan los productos en buenas condiciones, tras lo cual son transportados a las llamadas “neveras” (puntos de acceso para el usuario de a pie), o bien se llevan la comida a casa y la anuncian en la plataforma online a modo de “cesta” (se llama así porque presenta un icono con esta forma). Los alimentos que se van a tirar todavía no han cumplido su fecha de caducidad y son 100% comestibles; aquellos productos que han sido mal envasado o presentan un aspecto no estandarizado para su comercialización también son rescatados. Frutas, verduras y pan es lo que más se recicla en el presente.  

Foodsharing ha revolucionado el concepto de reciclaje de comida en Alemania y Austria. Tanto los que ayudan como los que se benefician de este sistema lo hacen por conciencia ecológica, por activismo político. La red de distribución está muy bien organizada y la solidaridad es el motor del proyecto.

En definitiva, mi experiencia siempre ha sido positiva. He frecuentado diferentes puntos de acceso y puedo asegurar que casi todos los días puedes encontrar alimentos, ya sea en una nevera u otra. El sabor de las verduras y especialmente el de la fruta son sorprendentes, llevando por supuesto el certificado de ecológico.
  
Inscríbete en su Web https://foodsharing.de/ y clickea el icono del mapa, donde tendrás acceso a las neveras y a las cestas.

Espero que les sirva de ayuda y contribuyan a un mundo mejor, más limpio y sostenible.      

El retorno de los vinilos

Pertenezco a 'la generación bisagra'. Crecí en un período de cambios, los años Ochenta, durante el cuál se produjo una notable transformación de la sociedad con la llegada de nuevas tecnologías. El televisor a color, los ordenadores personales, la Nintendo y Sega de 8bits o los radio-casetes irrumpieron en el hogar de los españoles. Pese a ello, todavía existían formatos que se resistían al cambio, como por ejemplo los vinilos, que perduraron hasta bien entrado los Noventa, cuando el CD-ROM 'asesinó' esta industria, al igual que los Buggles preconizaron años antes con su video killed the radio star.

Curiosamente en el 2013 los vinilos se pusieron de moda otra vez. De pronto, reabrieron las tiendas de música en las capitales de todo el mundo, desempolvando los antiguos discos que, por obsoletos, habían dejado de venderse. No sé si este boom tiene alguna conexión con estrategias de consumo bajo la etiqueta vintage; pero lo cierto es que los vinilos están pegando fuerte, existiendo incluso una página de pedidos online, Discogs, cuyo catálogo se extiende a nivel mundial. Berlín, la capital cultural de Europa, no podía ser menos. Existe aquí una extensa red de ventas. 

Pasarme por una tienda de vinilos se ha convertido en todo un peregrinaje espiritual. Cuando entro, tengo la sensación de que estoy en un santuario, rodeado de sabiduría musical. Entonces tomo varios álbumes, me siento frente a uno de los gramófonos que hay para uso de los clientes y se me escapa el tiempo embutido en unos cascos forrados de cuero negro. La mayoría de los álbumes están catalogados por género o nombre de la banda, aunque también existe un estante con super-ofertas, a un euro y medio o dos euros, donde puedes hallar auténticos tesoros: la banda sonora de Cabaret, el So de Peter Gabriel o los míticos Jarcha y su Andalucía vive no me han costado más de 2 euros. Será por esto que una vez a la semana exploro la ciudad, convirtiéndome de la noche a la mañana en un irremediable coleccionista. Al final de la jornada, regreso a casa, me sirvo una copa de vino, pongo el vinilo y lo saboreo lentamente, nota tras nota, cual exquisito manjar.

A continuación os escribo una lista de las mejores tiendas de Berlín. Y recordad, que en cualquier tienda de segunda mano podéis comprar un tocadiscos por menos de 30-40 euros...

- Heisse Scheiben (Ohlauerstr. 44, 10999)

- Coretex Records (Oranienstr. 3, 10997) Especializada en Metal y Punk. 
- 33rpm Store (Wrangelstr. 95, 10997)
- Vinyl-a-go-go (Krossenerstr. 24, 10245)
- Höhn Music (Wienerstr. 32, 10999)
- Groove Records (Pücklerstr. 36, 10997)
- Soultrade Records (Sanderstr. 29, 12047)
- Rock Steady Records (Zillerstras. 74, 10585)

      

Tiempo y movimiento

En el metro no hay ni noche ni día, sino un enorme reloj que marca las horas con incontenible cadencia. En el metro la gente corre. No hay tiempo para una pausa. El metro son venas atravesando un inmenso cuerpo de cemento, tierra y acero.
Cuando viajas en metro la sensación de soledad se resume en reflejos de miradas vacías sobre el cristal de la ventana, en vociferantes auriculares incrustados en los oídos o en el efímero letargo del oficinista que cabecea después de una larga jornada laboral.
La vida en el metro transcurre con velocidad, siempre en movimiento, sin descanso: subirse, bajarse, subirse y vuelta a bajarse; antes de que una voz distorsionada, una luz roja parpadeante y un zumbido desagradable –al unísono– te avisen de que las puertas se van a cerrar. Entonces, el convoy sigue su marcha a través de los tenebrosos túneles plagados de ratoncillos negros.
Digamos que el tiempo en el metro está totalmente cuantificado. Si tengo que estar a las 16 en Charlottenburg, cojo uno a las 15:10. Si tengo que estar a las 17 en Reinickendorf, lo cojo a la 16, y si tengo que estar a las 16:30 en Neukölln, lo cojo a las 15:45. Todo está cronológicamente calculado, cuya exactitud, incluso si hay retrasos, es abrumadora. Y eso sin hablar del tiempo real. ¿Cuánto se tarda de la estación Heinrich Heine a Frankfurter Tor? Pues entre 19 y 21 minutos tomando dos combinaciones, que son el U8 y U5, sumados los 8 minutos andando desde que salgo de casa hasta que lo tomo. Al cabo de un tiempo, y sin darme cuenta, los números acaban garabateados en mi frente como horrendos tatuajes que nunca quise tener.         
Es muy extraño viajar todos los días en metro y ser cómplice de ese incansable trasiego humano.
Observo a los pasajeros, sus miradas absortas, sus gestos, e intento atravesar el velo transparente que nos separa. Me pregunto quiénes son o de dónde vienen. En una gran ciudad de tres millones y medio de habitantes hay tal concentración de culturas y lenguas que tengo un pedacito de mundo al alcance de la mano.
A veces juego a adivinar la naturaleza del que se sienta enfrente mío. Primero examino los surcos de sus facciones y segundo, el acento que habla. Hay ocasiones que consigo acertar si viene del este, si proceden del sur o si es de otro continente, como Asia o África.
A veces cuando escucho un idioma nuevo que no he oído antes, me pongo a divagar y me imagino que nos entendemos sin necesidad de hablar. Sólo con cruzar nuestras miradas bastaría. De hecho, a lo largo de mis viajes he aprendido a leer la mente. –¡Shhh! No se lo digas a nadie, éste será nuestro secreto–.  
Me encanta la enorme variedad de gente que te puedes encontrar en el metro. Aunque hay una suerte de personas que me llama más la atención. 
Los músicos callejeos son mis preferidos. No sabes que lo son hasta que sacan su instrumento. Se les prohíbe tocar en la cabina del metro, así que ellos han fabrican mochilas-amplificadores y, cuando la ocasión es propicia, allá que se ponen a tocar la guitarra, la harmónica, la flauta o el ukelele. Después pasan un vaso de cartón para las propinas y, antes de que el guarda de seguridad aparezca, se apean en la siguiente estación y desaparecen.
Luego está el vagabundo metropolitano, embutido en ropajes de invierno, sucios y malolientes, maltratados por el suelo de hormigón donde suele reposar. Duermen de día y sale de noche, a veces pidiendo limosna, a veces vendiendo periódicos o, la mayoría del tiempo, ahogando su dolor en los vapores mortíferos de la inadaptación. Pese a que el invierno en el norte es durísimo, la miseria les ha endurecido, les ha habituado a las temperaturas extremas, a las noches sin techo, al asfalto, al dióxido de carbono, al metano. Al rechazo y a la indiferencia. Son meras sombras proyectadas sobre las pisadas exhaustas de los transeúntes durante ese trajín humano de veinticuatro horas full-time.
El vagabundo metropolitano tiene varios héroes a quienes se encomienda con ferviente devoción. El primero es la heroína, que toma para olvidar que una vez tuvieron un nombre entre los papeles de un registro, que quizás tuvieron una familia y una vida decente de ciudadano ejemplar. El segundo héroe es el socorro social de algún bolsillo misericordioso; y el tercer y último héroe es el Kältebus o autobús del frío, que en las siberianas madrugadas le salva de una muerte segura por congelación.
También están las pintorescas bandas de jovenzuelos de Kotti (U-Bhan Kottbusertor), procedentes de las oscuras cloacas del sistema, quienes escuchan hip-hop a todo trapo con sus grandes altavoces inalámbricos, embriagados por una buena ingestión de bebidas energéticas, porque quieren aguantar despiertos hasta que la luz de las farolas se apague y el sol de ceniza aparezca por encima de los tejados. Estos jóvenes comenzaron agrupándose años atrás, debajo del puente de la laguna de Heidelberger Platz, cuando, a escondidas, fumaban sus primeros cigarros de marihuana o hachís. Más tarde, formaron las tribus urbanas de turcos, africanos, latinos, hipsters, alternativos, que, caprichosamente, se vuelven disolubles con el tiempo. 
¿Y qué hay de los estudiantes que van con una cerveza Berliner en la mano, comprada seguramente en algún spätti, y se les ve felices, con ojos de exploradores, conversando con los amigos sobre secretos que desean revelar? ¿Y de la joven consumista de arte, la que viste con esa apática chaqueta negra y lleva grotescas gafas moda vintage? ¿Qué hay de la ecologista con atavíos de Piter Pan? ¿Y de la anciana que va a comprar al centro comercial? ¿O de la azafata de eventos que se maquilla delante de un minúsculo espejito? La lista podría ser interminable.
Estas son las cosas que más me fascinan de viajar en metro. Hoy podría haber sido un día normal. Y sin embargo siempre hay algo nuevo por descubrir.
Sigo mi camino. Tropiezo con el gentío. Paso desapercibido. Me pierdo en nebulosos recuerdos. Recorro la ciudad de una punta a otra, metido en una estrecha cabina con ruedas y asientos acolchados. El aire huele a hierros retorcidos. El ambiente está cargado de indiferencia. El tiempo nunca se detiene. El mundo viaja a gran velocidad. Y mientras tanto mi mente vuela lejos, muy lejos, recordando las tardes perfumadas de azahar, en un recóndito pueblo del sur.      

Un brindis por los muertos

Nos deslizamos por una tarde serena, gris y fría, propia del otoño más berlinés. Las hojas caídas forman una alfombra dorada sobre el suelo del arco del triunfo, cuyas inscripciones soviéticas dan la bienvenida a los pocos curiosos que  en esas  fechas  osan aventurarse  en el parque.

Un susurro crujiente escolta nuestros pasos mientras nos acercamos al primer vestigio del monumento. La  estatua de una  mujer de mediana  edad yace  sentada sobre un elevado pedestal  en  actitud  solemne, aunque  sumida en  la tristeza,  con su  mano en el  pecho,  como si  un dolor inexplicable  la oprimiera. Dicen por ahí que es la Madre Patria que llora  en clave alemana por sus hijos caídos en combate; yo sólo veo a una persona cohibida por  el grandioso simbolismo imperante.

Seguimos de frente. Dos largas hileras de sauces llorones nos señalan el camino.  Mientras más nos desplazamos al escenario principal, más nos sobrecoge el paisaje. Somos minúsculas hormigas; empequeñecemos ante tan poderosa  obra. 

Cruzamos un portón con forma de dos gigantescas banderas de mármol rojo, en cuyas bases las estatuas de dos soldados rusos  nos  saludan con  castrense obediencia. Más allá,  se extiende el vasto rellano donde, dicen, están los 7.000 soldados rusos enterrados; A cada lado, se hallan los sarcófagos  de piedra con relieves de la  guerra; y, por último,  en el otro extremo, el gigante de metal de 12 metros de alto y 70 toneladas: el soldado con la niña en una mano,  una espada en la otra y pisoteando la esvástica nazi.   

Esparcidos  en  pequeños grupos  por aquí  y por allá, hombres y mujeres  brindan por los  muertos con vino, cerveza o vodka. Son los descendientes de un mundo que  acabó  tras el  derrumbe  del muro de Berlín,  los cuales todavía conmemoran la gesta que fue el derrocamiento del régimen nazi y la batalla de Berlín. 

Punkis, ossies, asis,  incluso hípsters  beben  en silencio, disfrutando de los tímidos haces del atardecer que, por no poder, se convierten en plomo  luminoso rociado  sobre la 
copa de la majestuosa arboleda que rodea al monumento.