Hoy vengo en son de paz



Hoy vengo en son de paz
con un pañuelo blanco
empapado de cal.

Hoy cierro la bocana
de los prejuicios,
la mala sangre y los maleficios.

Hoy tiendo un puente
entre mis dos taifas
de insatisfacción impertinente.

Somos de la tierra,
venimos de la tierra
y nos pudriremos en ella.
Y a Vélez-Málaga pertenezco,
un hermoso lugar
del oriente malagueño,
sombra de montañas,
pinceladas de jazmín,
tomillo y romero,

donde los vencejos revolotean
sobre los tejados de las iglesias
con sus piruetas volantes,
y a las 9 en punto, 
el cielo se tiñe de sangre,

donde las leyendas se hallan
enterradas en el suelo,
en tesorillos moriscos
bajo murallas de terciopelo.

Sangre norteafricana corre 
por tus aljibes, acequias y riachuelos
dando de beber a tus centenarios olivos,
algarrobos y almendros.

Cuna de artistas sedientos de amor.
¡Amor, color, pasión, ego, folklor!
y un súbito suspiro se oye
en lo más hondo de mi corazón.

De allí provengo yo,
de la nostalgia, 
de la distancia,
de Vélez-Málaga,
del corazón. 


Tiempo y movimiento

En el metro no hay ni noche ni día, sino un enorme reloj que marca las horas con incontenible cadencia. En el metro la gente corre. No hay tiempo para una pausa. El metro son venas atravesando un inmenso cuerpo de cemento, tierra y acero.
Cuando viajas en metro la sensación de soledad se resume en reflejos de miradas vacías sobre el cristal de la ventana, en vociferantes auriculares incrustados en los oídos o en el efímero letargo del oficinista que cabecea después de una larga jornada laboral.
La vida en el metro transcurre con velocidad, siempre en movimiento, sin descanso: subirse, bajarse, subirse y vuelta a bajarse; antes de que una voz distorsionada, una luz roja parpadeante y un zumbido desagradable –al unísono– te avisen de que las puertas se van a cerrar. Entonces, el convoy sigue su marcha a través de los tenebrosos túneles plagados de ratoncillos negros.
Digamos que el tiempo en el metro está totalmente cuantificado. Si tengo que estar a las 16 en Charlottenburg, cojo uno a las 15:10. Si tengo que estar a las 17 en Reinickendorf, lo cojo a la 16, y si tengo que estar a las 16:30 en Neukölln, lo cojo a las 15:45. Todo está cronológicamente calculado, cuya exactitud, incluso si hay retrasos, es abrumadora. Y eso sin hablar del tiempo real. ¿Cuánto se tarda de la estación Heinrich Heine a Frankfurter Tor? Pues entre 19 y 21 minutos tomando dos combinaciones, que son el U8 y U5, sumados los 8 minutos andando desde que salgo de casa hasta que lo tomo. Al cabo de un tiempo, y sin darme cuenta, los números acaban garabateados en mi frente como horrendos tatuajes que nunca quise tener.         
Es muy extraño viajar todos los días en metro y ser cómplice de ese incansable trasiego humano.
Observo a los pasajeros, sus miradas absortas, sus gestos, e intento atravesar el velo transparente que nos separa. Me pregunto quiénes son o de dónde vienen. En una gran ciudad de tres millones y medio de habitantes hay tal concentración de culturas y lenguas que tengo un pedacito de mundo al alcance de la mano.
A veces juego a adivinar la naturaleza del que se sienta enfrente mío. Primero examino los surcos de sus facciones y segundo, el acento que habla. Hay ocasiones que consigo acertar si viene del este, si proceden del sur o si es de otro continente, como Asia o África.
A veces cuando escucho un idioma nuevo que no he oído antes, me pongo a divagar y me imagino que nos entendemos sin necesidad de hablar. Sólo con cruzar nuestras miradas bastaría. De hecho, a lo largo de mis viajes he aprendido a leer la mente. –¡Shhh! No se lo digas a nadie, éste será nuestro secreto–.  
Me encanta la enorme variedad de gente que te puedes encontrar en el metro. Aunque hay una suerte de personas que me llama más la atención. 
Los músicos callejeos son mis preferidos. No sabes que lo son hasta que sacan su instrumento. Se les prohíbe tocar en la cabina del metro, así que ellos han fabrican mochilas-amplificadores y, cuando la ocasión es propicia, allá que se ponen a tocar la guitarra, la harmónica, la flauta o el ukelele. Después pasan un vaso de cartón para las propinas y, antes de que el guarda de seguridad aparezca, se apean en la siguiente estación y desaparecen.
Luego está el vagabundo metropolitano, embutido en ropajes de invierno, sucios y malolientes, maltratados por el suelo de hormigón donde suele reposar. Duermen de día y sale de noche, a veces pidiendo limosna, a veces vendiendo periódicos o, la mayoría del tiempo, ahogando su dolor en los vapores mortíferos de la inadaptación. Pese a que el invierno en el norte es durísimo, la miseria les ha endurecido, les ha habituado a las temperaturas extremas, a las noches sin techo, al asfalto, al dióxido de carbono, al metano. Al rechazo y a la indiferencia. Son meras sombras proyectadas sobre las pisadas exhaustas de los transeúntes durante ese trajín humano de veinticuatro horas full-time.
El vagabundo metropolitano tiene varios héroes a quienes se encomienda con ferviente devoción. El primero es la heroína, que toma para olvidar que una vez tuvieron un nombre entre los papeles de un registro, que quizás tuvieron una familia y una vida decente de ciudadano ejemplar. El segundo héroe es el socorro social de algún bolsillo misericordioso; y el tercer y último héroe es el Kältebus o autobús del frío, que en las siberianas madrugadas le salva de una muerte segura por congelación.
También están las pintorescas bandas de jovenzuelos de Kotti (U-Bhan Kottbusertor), procedentes de las oscuras cloacas del sistema, quienes escuchan hip-hop a todo trapo con sus grandes altavoces inalámbricos, embriagados por una buena ingestión de bebidas energéticas, porque quieren aguantar despiertos hasta que la luz de las farolas se apague y el sol de ceniza aparezca por encima de los tejados. Estos jóvenes comenzaron agrupándose años atrás, debajo del puente de la laguna de Heidelberger Platz, cuando, a escondidas, fumaban sus primeros cigarros de marihuana o hachís. Más tarde, formaron las tribus urbanas de turcos, africanos, latinos, hipsters, alternativos, que, caprichosamente, se vuelven disolubles con el tiempo. 
¿Y qué hay de los estudiantes que van con una cerveza Berliner en la mano, comprada seguramente en algún spätti, y se les ve felices, con ojos de exploradores, conversando con los amigos sobre secretos que desean revelar? ¿Y de la joven consumista de arte, la que viste con esa apática chaqueta negra y lleva grotescas gafas moda vintage? ¿Qué hay de la ecologista con atavíos de Piter Pan? ¿Y de la anciana que va a comprar al centro comercial? ¿O de la azafata de eventos que se maquilla delante de un minúsculo espejito? La lista podría ser interminable.
Estas son las cosas que más me fascinan de viajar en metro. Hoy podría haber sido un día normal. Y sin embargo siempre hay algo nuevo por descubrir.
Sigo mi camino. Tropiezo con el gentío. Paso desapercibido. Me pierdo en nebulosos recuerdos. Recorro la ciudad de una punta a otra, metido en una estrecha cabina con ruedas y asientos acolchados. El aire huele a hierros retorcidos. El ambiente está cargado de indiferencia. El tiempo nunca se detiene. El mundo viaja a gran velocidad. Y mientras tanto mi mente vuela lejos, muy lejos, recordando las tardes perfumadas de azahar, en un recóndito pueblo del sur.      

Reencuentro en los cielos

Le prometí que volvería tan pronto como me fuera posible; cuando los jazmines florecieran y las alondras batieran sus alas bajo el dorado crepúsculo. Le dije que el tiempo pasaría rápido, así que ella fue contando los días, las semanas y los meses con paciencia virtuosa. Cada semana me llamaba una o dos veces; conversábamos sobre cuestiones que nos herían y, finalmente, siempre acababa rogándome, entre amargos sollozos, que regresara. Perfectamente consciente de la situación, yo trataba de explicarle que no se preocupara porque las cosas me iban bastante bien, forjando, como así estaba haciendo, un nuevo destino lejos del hogar, en tierras extrañas habitadas por hombres y mujeres de escarcha. No obstante, ella no quería comprenderlo, ilusionada con que las cosas volvieran a ser como antes.

Ella estaba muy enferma. Llevaba muchos años luchando contra lo irremediable; observaba con pavor cómo la sombra de la muerte la rodeaban y la hacía bailar hasta la extenuación. Yo sabía que en cualquier momento ella bailaría un último vals con la muerte y ésta se la llevaría definitivamente. Por el contrario, nunca hubiera imaginado que ocurriera tan pronto. Yo, al igual que ella, tenía esperanza de reencontrarnos; entonces, tañería mi guitarra con canciones que ella siempre habría querido escuchar.

Sin embargo, su tiempo se acabó y ella se fue poco antes de que florecieran los jazmines y las alondras inundaran el cielo dorado.

Recuerdo el día que ella murió. Me encontraba silbado con mi guitarra en una calle de rosas negras, cuando de repente sentí un dardo de hielo atravesándome el corazón. Pensé, por un instante, que estaba al borde de contraer algún tipo de catarro, así que decidí irme a casa. Nada más cruzar el umbral de la puerta recibí la llamada telefónica de mi hermano. Entonces, las luces se apagaron a mi alrededor mientras me derrumbé sobre una silla. Han pasado dos años desde aquello y todavía lo recuerdo como si fuera ayer.  

Anoche, en sueños, regresé a la casa del sur y me reencontré con ella. Llorando como una Magdalena, la envolví con mis brazos y aquel abrazo fue tan real que me inspiró a escribir estas líneas. 

Anoche, en sueños, cerré un ciclo de mi vida; anoche por fin pude reencontrarme con ella, en los cielos oníricos de las profundidades del alma, y darle el abrazo que no pude darle. 

Anoche, en mis sueños, le di el último adiós a la que fue la persona más importante de mi vida: Mi madre. 

Conversaciones con mi conciencia

- ¿Qué es un Muerto Viviente? - Me pregunta a menudo mi conciencia.

- Un Muerto Viviente es una persona ahogada por las preocupaciones económicas, - le contesto - un Muerto Viviente es aquélla que, desde el alba hasta el atardecer, sólo está pensando en el dinero y en lo material.

- Entonces, ¿un Muerto Viviente es todo individuo que usa el dinero y que consuma?

- No, exactamente. - subrayo antes de continuar - A lo que yo me refiero es al hecho de dar un punto de vista distinto a la existencia humana. Cuando vivimos en un sistema capitalista, ya desde edades tempranas, nos inculcan valores vinculados al consumo, a la competitividad y a la posesión de objetos, propiedades y recursos. Es más, en el tiempo en que l@s niñ@s llegan a la edad de ser adultos y deben de emprender el vuelo como individuos, justamente aquí comienza el crepúsculo del ser humano. El manual de las correctas maneras se basa en estudiar, tener una carrera, para conseguir un puesto meritorio en el mercado laboral; o aprender un oficio, mientras más cualificado mejor: más remunerado. Alcanzar tan arduo objetivo no es tarea fácil, ni mucho menos gratuita (ante la duda, que examinen los bolsillos de los padres de familia numerosa), así que durante, digamos, 17 años los jóvenes invierten su tiempo, esfuerzo y voluntad en llegar a una encrucijada en el que uno pueda elegir ser autosuficiente, y aquí está la trampa: ser autosuficiente, según el manual de las correctas maneras, es llegar a fin de mes con un sueldo más o menos cuantioso que nos permita poseer una suerte de bienes materiales.

- Pero, ¿el capitalismo no ha construido una sociedad de bienestar con igualdad de oportunidades? ¿Acaso no somos felices con lo que nos ofrece?- Inquiere mi conciencia.

- Verás, - afirmo con el ceño fruncido - el bienestar social se mide por la felicidad de las personas, y esto se mide, así nos han hecho creer, en función del poder adquisitivo que se tenga. El sistema nos obliga a pensar que si consumimos y podemos comprar tal o cual cosa, seremos más felices. Si los números de nuestra cuenta bancaria son siempre positivos, una sonrisa de oreja a oreja se dibujará en nuestro rostro; porque nunca sentiremos la angustia de no tener dinero. Seré más explícito. Como antes he referenciado, el/la joven que acaba los estudios salta a la palestra obteniendo un puesto de trabajo; entonces, sus siguientes objetivos serán comprar una propiedad (mientras más suntuosa mejor), un coche con todas las prestaciones, televisión LCD última generación, un iPhone 6, ropa de marca y caprichos varios; luego llegan l@s hij@s, que para muchos son una carga económica. A esto habría que sumar impuestos, facturas, tasas, hipotecas, Hacienda y un largo etcétera. Por lo tanto basamos nuestra existencia en consumir y pagar, pagar y vuelta a paga, de tal forma que vivimos ahogados por una angustia existencial cuyo eje central es el dinero. Más tarde, en el otoño de nuestra vida, llega la jubilación. Desde el presente hemos pensado en el futuro en relación a pagar un seguro de jubilación porque, de lo contrario, llegar a la vejez sin dinero podría ser un terrible desastre. Por eso, nos meten el miedo; el miedo a no tener dinero; miedo a ser pobres como aquéllos que salen en la televisión con los rostros macerados por la hambruna. Miedo a vivir en la miseria, a no tener ni para comprar pan. Y este miedo nos deshumaniza, liquida cualquier rasgo de solidaridad entre nosotros. Así que, para finalizar, ésta no me parece una manera correcta de vivir feliz.

- Entonces, ¿tú no eres un Muerto Viviente? - Me pregunta mi conciencia.

- No, por ahora; siempre intentaré evitar convertirme en uno de ellos, porque existen otras maneras diferentes de existencias, formas alternativas de vivir, sin tener que preocuparte únicamente por lo material. Quizás me tilden de utópico pero, en cierto modo, creer en las utopías me mantiene vivo. Y te aseguro, incorregible conciencia, que las utopías son posibles, empezando por uno mismo, y terminando por el resto del mundo. El cambio empieza dentro de uno mismo y, justo después, a cinco metros alrededor tuyo, que es la distancia que necesitas para usar tus manos... y tu voluntad para cambiar las cosas.    

Cánticos del exilio



¿En qué te has convertido, España doliente? 

¿Qué ha ocurrido con tu sonrisa de jazmines blancos y claveles rojos? 

A veces te añoro y a veces te maldigo al mismo tiempo;

Añoro tus ardientes campos, el olor a marisma de tus espumosas playas y el gastado aliento de tus montañas;

Pero también maldigo tu desahuciada gallardía, desgastada por siglos de guerra, pobreza e ignorancia, 

Sangre y sudor corren por tus arrugadas manos de jornalero; miedo y traición anidan en tu alma cainita; el exilio les espera, a tus ilustres hijos del mañana.

Eres el sueño frustrado de tu savia cultural, de aquéllos que creyeron en ti y acabaron desencantados; Eres el desgarrador “me duele” de Miguel de Unamuno, el explícito “duelo a garrotazos” de Francisco de Goya, el amargo poema “La España de charanda y pandereta, cerrado y sacristía” de Antonio Machado, el confuso “laberinto español” de María Zambrano, el pícaro del Lazarillo de Tormes o el supersticioso beato de Blanco White. 
 
Eres ingobernable, inexpugnable, incalificable. Ni siquiera los mejores caballeros y revolucionarios que nacieron bajo tu sol pudieron arrancar la postilla endurecida que tapona tu ancestral herida, esa herida incurable y crónica que padeces.  

Te amo y te odio; te alabo y te aborrezco;

Y en la inmensidad de la noche, en las lejanas fronteras del Katmandú, una lágrima cae desde el cielo… es el llanto por una tierra que quiere ser recordada.

Gato callejero


En la quietud de la noche soy un gato callejero rebuscando en los contenedores de la vida.

Maullando por los recuerdos de antaño; soñando con los momentos que le hicieron vibrar de alegría, un gato callejero conoce todos los contenedores de la ciudad, y todos los caminos que los unen. Huele el aroma de la libertad, pese a que los fantasmas del pasado se le aparezcan zancadilleando su paso taimado; porque ellos quieren que vuelva a la morada de la que se escapó. 

Un gato callejero no tiene amo. No pertenece a ningún lugar. Desde que decidió escaparse y salir al exterior, el mundo ha dejado de girar en una sola dirección, ha dejado de funcionar con un solo reloj y, por fin, se siente que pertenece a la manada de la calle.

Sin embargo nada volverá a ser lo mismo; ni la amistad imperecedera con sus antiguos compañeros, ni los rincones de antaño donde solía regocijarse en su propia ignorancia, ni el cariño de los amos que tantas veces quisiéronle poner los grilletes. Ha dejado atrás un mundo caduco, estancado, insípido y rutinario; y ahora está atravesando maravillosos callejones de asfalto, acogedoras casas abandonadas o atractivas alcantarillas, forjando su propio destino a base de descubrimientos, tropiezos, éxito y fracasos. ¿Quién dijo que la vida era fácil para un gato? Pero él, camina que te camina, y no ceja en su empeño. 

A veces, mientra lame los restos de atún de una lata, alza la vista al cielo y a través de su tapetum lucidum observa figuras que le resultan familiares, imágenes de una cesta, un hogar de paredes blancas, unos amos bondadosos o unos sabores que nunca podrá olvidar.

Entonces le maúlla a la luna. Al mismo tiempo otros gatos como él, en la distancia de la noche, le contestan con los mismos suspiros de melancolía. 

Así me siento por las noches... como un gato callejero rebuscando en los contenedores de la vida.






El desempleado


Roberto Abrió los ojos. Acababa de despertarse e intentó recordar qué había soñado. Hacía tiempo que no soñaba. Simplemente no recordaba los sueños o, quizás, había dejado de tenerlos. Echó un vistazo al pequeño despertador que se encontraba sobre la cómoda. La aguja marcaba las trece y veinte. Siempre se despertaba a esa hora, ya que no tenía ninguna responsabilidad que le obligara a madrugar. Ni siquiera sacar a pasear la perrita, de eso se encargaba su madre.

De repente, el corazón se le encogió. Tuvo plena conciencia de la realidad, la cual pareció sorprenderle como si le hubiesen abofeteado. Seguía tumbado en la cama, sin ánimos para levantarse, removiendo en sus pensamientos la misma y triste idea: Otro tedioso día que afrontar;. Esta idea lo atormentaba desde los últimos tiempos. Roberto llevaba desempleado cuatro años. Había cumplido los treinta y nueve y seguía viviendo con su madre: una mujer viuda de setenta años con múltiples achaques.

La aburrida existencia de Roberto consistía en no hacer nada. Después del almuerzo solía frecuentar la tasca de Pepe, donde establecía frívolas conversaciones con los parroquianos del local. Luego, se encerraba en su habitación y leía novelas de ciencia ficción entre las que se encontraban las obras de Arthur C. Clarke o la colección de Isaac Asimov. Al llegar la noche, encendía el ordenador portátil y se enfrascaba en largas partidas de rol online hasta altas horas de la madrugada.

No tenía más tareas que éstas. Bueno, éstas y la principal de todas: azorarse continuamente por la situación en que se encontraba se convirtió en un ejercicio rutinario. Se hacía cada día la misma pregunta, ¿cómo era posible haber llegado a tocar fondo? Antes de la crisis tenía un trabajo en una empresa de la construcción. Trabajaba muy duro pero, al menos, podía permitirse ciertos lujos. Se compró un coche, se metió en la hipoteca de un piso y, cada fin de semana, él y su ex novia realizaban viajes de fin de semana alrededor de la geografía del país. ¡En una ocasión visitaron incluso Madrid!

La suerte parecía sonreírle hasta que la economía quebró. La construcción se desplomó y todas las empresas aledañas se quedaron sin trabajo y tuvieron que cerrar. El banco le embargó el coche, los ahorros y, sobre todo, el piso que nunca llegó a habitar. Para colmo, su novia lo abandonó por su mejor amigo cayendo en una profunda depresión que le constó superar más de un año .

No obstante, al principio Roberto no se dio por vencido. Los siguientes dos años se las emprendió para llevar a cabo todo tipo de estrategia con el fin de conseguir algunos ingresos. Sus esfuerzos fueron totalmente en vano y allí donde demandaba le cerraban las puertas en las mismas narices. Más tarde, intentó inscribirse en todos los cursos gratuitos que le fue posible. En unos, le exigían ciertos requisitos académicos que no poseía, por lo tanto era excluido; en otros, la peregrinas acreditación de los títulos sólo servían para adornar la estantería del salón.

Por lo tanto, todas sus ilusiones acabaron borrándose de un plumazo. En los últimos meses había abandonado la idea de buscar trabajo porque sabía que era prácticamente inviable. A su edad, sin estudios y sin preparación, ingresó en el grupo de esos cientos de miles de personas que se encontraban en una especie de limbo laboral, por carecer del perfil necesario: ser joven de entre 18 y 25 años, tener carrera universitaria, cursos homologados o saber idiomas. Estos desamparados parecían estar destinados a naufragar el resto de sus miserables vidas mientras la situación del país no mejorara. Es más, tal y como estaban las cosas, en los pasados cinco años no se percibieron síntomas de recuperación económica. Así que la cosa iba para largo.

"menos mal que tengo a mi familia", pensaba mientras se puso de pie y se vestía con desgana.

- ¡Hijo, levántate ya, que tienes que ir al supermercado! – La vocecilla de la madre le sonó amargamente familiar. Entre sus funciones domésticas también estaba el de “chico de las compras”.

- ¡Ya voy, madre! – Respondió con un sutil gemido apenas apreciable.

Usó el lavabo. Se aseó la cara a la vez que se examinó en el espejo. Su aspecto era horrible, de un descuido notorio. Se había dejado crecer la barba, cubríale la frente largos cabellos enmarañados, le crecieron algunos granos en la nariz otorgándole el aspecto enclenque de un jovenzuelo que acabara de entrar en la pubertad. Se avergonzó de sí mismo por la fachada que presentaba.

Ofuscado, salió del cuarto de baño a toda prisa, cogió el carrito de la compra y se marchó evitando cruzarse con la madre.

Las calles estaban abarrotadas de transeúntes. Las furgonetas iban a toda prisa de un lado a otro repartiendo sus mercancías en los establecimientos. De vez en cuando se escuchaba el claxon de un coche, el ladrido de un perro o el silbato de un policía. La ciudad vibraba como de costumbre. Sin embargo, el ambiente era irrespirable. Roberto podía percibirlo claramente. Nadie sonreía; tan solo había rostros apagados, tristes, preocupados, llenos de miedo. Recordó a un amigo suyo. Lo echaron del trabajo la semana pasada y sin previo aviso después de haber prestado sus servicios en la empresa durante siete largos años, y para colmo sin asegurar. Desde que se aprobara la nueva ley laboral, cualquier obrero podía ser despedido sin miramientos. En otras palabras, los sindicatos dejaron de tener poder y las empresas se habían convertido en una fuerza omnipotente e irrefutable.

Y en medio de todo aquello estaba Roberto. Se sentía un parias, un “don nadie”, una persona acabada, sin futuro, atrapado en una jaula llamada apatía. Cada día pasaba igual que el anterior como un eterno bucle. Además, se veía arrastrado por una marea inagotable de indiferencia duradera. Ya nada le importaba, ni se molestaba por saber qué decían los periódicos acerca de los tejemanejes políticos.  

Entonces, súbitamente se detuvo. Miró en el cristal de un escaparate y vislumbró la oscura silueta de un hombre. Era su silueta. Se dio cuenta de la ridícula apariencia que exhibía. Espalda arqueada, delgaducho, con un flequillo despeinados cayéndole como lianas por el frontispicio. Llevaba puesto la camiseta de la célebre película E.T. y sujetaba con la mano derecha el carrito de la compra adornado con flores amarillas y rojas estampadas. Quiso desviar la mirada, pero le fue imposible. Volvió a mirar en el espejo aún más perplejo.

A sus treinta y nueve años no era nadie, menos que un fantasma errante por las calles de la ciudad. El sistema le hizo ser así. Todos eran culpables: los políticos, los empresarios, los banqueros, incluso los amigos. Sintió un odio atroz contra todos ellos y, sobre todo, contra sí mismo. 

Entonces, le brotaron lágrimas de los ojos, las cuales se deslizaron por las mejillas como dos riachuelos de un frío otoño, un otoño que nunca parecía irse.        

Coraje



Un día cualquiera, no importa cuál de la semana, Angustias arrastraba los pies. Casi derrotada, pareciese como si una fuerza invisible la empujara hacia el suelo, encorvando su espalda y obligándola a caminar con paso parsimonioso. La mujer era una imagen ensombrecida de sí misma. No pasaba de los cincuenta. Pero algo muy profundo, una expresión de perpetuo sufrimiento, dibujaba en su rostro una vejez prematura.

Un día cualquiera, no importa cuál de la semana, Angustias subía la cuesta de la calle. Siempre la misma cuesta de la misma calle; la que conducía a la casa de su madre. Más que una rutina, era una obligación. Aunque deseara no volver a subirla nunca jamás, no tenía otra opción más que hacerlo. Por encima de todo se hallaba el amor que le profesaba. Ese sentimiento que se forja al cabo de media vida juntos, cuyos cabos pueden llegar a ser irrompibles. Nada ni nadie puede hacerles mella, ni siquiera las calamidades, los desastres o los problemas familiares. Todo lo contrario. Estas cosas reforzaron la unión entre ambas mujeres, por lo cual el vínculo era inquebrantable.

Pero ese día, en especial, se sentía más cansada que nunca. Hacía un calor sofocante, tan insoportable que nadie se atrevía a salir a la calle. De repente, recordó un fragmento de su pasado. Tendría como unos ocho años cuando sucedió. Solían salir a menudo para darse un baño en las refrescantes aguas del río. Mientras su madre preparaba la merienda, Angustias se perdió en la frondosa cañada. Entonces, descubrió una majestuosa higuera que debía ser más vieja que el resto de los árboles que crecían alrededor. La niña se abrazó al orondo tronco que, por cierto, desprendía una frescura agradable. Poco a poco fue cayendo en un profundo sopor y sus ojos se cerraron. Recordó que se produjo un extraño silencio y, a continuación, un tímido sonido que provenía de las entrañas del árbol. Sonaba algo parecido como un latido apenas perceptible. No supo cuánto tiempo permaneció allí. Una voz la llamaba ahora y salió de aquel mágico ensimismamiento. Su madre la encontró medio dormida tumbada en el suelo.
 
- Mamá, ¿por qué aquí se está tan fresquito? – Preguntó la niña una vez que se desperezó - ¿Y por qué este árbol tiene un corazón en su interior?

La madre la miró con una expresión de dulzura consumada y le dijo:

- Dentro de esta higuera vive un duende de las aguas, quien se encarga de regar todas las plantas de esta cañada. Aquí, justo aquí, en esta higuera, se encuentra el depósito. El latido que has escuchado antes es el sonido de una sofisticada máquina que bombea el agua por debajo de tierra desde aquí hasta más allá de las montañas.

Angustias adoraba aquellos cuentecillos. Siempre la había considerado una excelente Cuentacuentos y se sentía orgullosa de tener una madre así de ingeniosa. Además, poseía una fuerza de voluntad excepcional. El marido (ese gran desconocido) las abandonó cuando Angustias cumplió cuatro años. Una noche se marchó sin dar motivos y nunca más volvieron a verlo. De todas formas, la madre luchó por su familia saltándose todos los convencionalismos sociales. Con grandes esfuerzos crió a la hijita y, más adelante, consiguió pagarle una carrera. Angustias llegó a convertirse en profesora de la universidad, en la facultad de medicina.

Entonces, ocurrió lo imprevisto, lo que ninguna de las dos esperaban. Esas cosas que ocurren por las circunstancias de la vida, por mero capricho del destino. Su madre comenzó a apagarse lentamente. Después de visitar varios doctores, no supieron hallar el remedio a la enfermedad. En menos de un año, fue degenerándose hasta que una mañana no pudo levantarse nunca más de la cama. Se convirtió en un vegetal; incapaz de comer, orinar, defecar o incluso sentir.

Durante una continuidad de veinticinco años Angustias la cuidó con devota dedicación. Pidió una excedencia y abandonó la enseñanza. Aparcó su vida social, rechazó a todos los pretendientes que se le acercaban. Se dedicó en cuerpo y alma al cuidado de su madre. Sin descanso, día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Ahora su madre iba a cumplir los noventa y tantos.

Atenderla no era una tarea fácil. La degeneración que sufría se manifestó paulatinamente. Primero, perdió el habla; segundo, la movilidad de los músculos; y tercero, cada una de las necesidades fisiológicas que se necesitan para subsistir. Angustias repetía las mismas labores a diario. La lavaba, le cambiaba el pañal y le hacía masajes con alcohol por toda la superficie del cuerpo, al menos dos veces al día. A continuación, trituraba la comida y se la introducía – junto con las dieciocho pastillas que estaba obligada a ingerir - por una sonda que los doctores le pusieron en el vientre. Su mundo se redujo a una pequeña habitación con una cama, un cadáver viviente, una bolsa de plástico y cajitas de medicamentos. Además, La desesperación se manifestó también en la forma más insospechada. El país sufría una recesión económica dantesca, la peor de su historia, de modo que el gobierno se las había arreglado para hacer recortes en todos los ámbitos sociales, incluido en la salud pública. La enfermedad de la madre no entraba en el cupo de la seguridad social, por lo tanto no apercibía ninguna ayuda, teniendo que sufragar de su propio bolsillo los gastos de las medicinas. Al final de cada mes, y con un sueldo de unos ochocientos euros, Angustias se encontraba sin un céntimo.       

A veces Angustia se preguntaba si detrás de aquella piel macerada, semejante a la de una momia, habría conciencia. Si detrás de aquellos ojos abiertos e inertes aún existía la mujer fuerte y valiente de antaño. Si sentía dolor, hambre, felicidad o enfado. Nunca podría saberlo. Por supuesto que los doctores le explicaron que esto era hipotéticamente imposible. La madre, aunque clínicamente continuaba viva, había dejado de existir como persona que piensa y siente. Pese a ello, continuaba hablándole del mismo modo que antes de sucumbir a la enfermedad, con palabras llenas de dulzura y gracia, porque nunca perdió la esperanza de que, al menos, pudiese escuchar lo que ella le decía.

En ocasiones, Algo se quebraba en el corazón de la hija. La tristeza la abrumaba hasta tal punto que perdía la ilusión por todo. Un deseo funesto comenzaba a crecer en su interior de manera impulsiva y era imposible refrenarlo. Sentía un dolor hueco, tiritaba, pero no de frío, sino de desolación. Aún era joven, sin embargo se sentía como una anciana al final de sus días.    

Así pensaba Angustias cuando, por fin, llegó a la casa de la madre. Abrió la cerradura muy despacio. Dudó al entrar, permaneciendo en el umbral de la puerta durante varios segundos. Unos segundos que se le antojaron horas. Sus ojos querían llorar, pero había sufrido tanto que ya no le quedaba ni una sola lágrima por derramar. Sí. Tantos recuerdos. Tanto amor. Tantas penurias. Toda una vida se le escapaba de las manos sin que pudiera hacer nada. Ver a su madre todos los días en aquellas condiciones era tan terrible que se sentía como si su alma se rompiese en pedazos para, Luego, recomponerse y volver a romperse sucesivas veces, una y otra vez. Debería acabar con este suplicio de una vez por todas. Querría terminar con esta historia. Todo tiene un final, pensó, aunque fuese de aquella manera. Pero esas palabras no la consolaban.   

Lo que en esos instantes se iba a producir iba más a allá del entendimiento. Para unos, habría sido un atentado contra la vida misma. Para otros, una panacea contra un tormento indescriptible y duradero. Fuere lo que fuere, el hecho fue consumado a solas, en silencio y con total discreción. Nadie supo nunca de las verdaderas intenciones de Angustias en aquella mañana calurosa y todos los vecinos creyeron que se produjo de forma natural.

Un día cualquiera, no importa cuál de la semana, Angustias introdujo una dosis profusa de cianuro en la sonda de su madre, acabando con la vida de ésta.
         

Notas de un diario


Estoy desesperada. Me encuentro al filo del abismo. Por más que intento levantar cabeza, parece que me hundo más y más, en el fondo de un abismo infinito rodeado de inmensa oscuridad.

En poco tiempo he pasado de ser una persona anónima a estar en el centro del cosmos. No tengo intimidad, he perdido mi privacidad. No puedo hacer nada sin que me estén observando. ¡Es terrible! Y lo peor de todo es que yo no he elegido esto. Yo no he decidido estar en esta situación. En cierto modo, es un efecto colateral, casual y fortuito.

Mi hermana me llamó meses atrás; me dijo que la Casa Real había aceptado la propuesta de compromiso con el príncipe. Pero me advirtió que, a partir de ahora, las cosas cambiarían muchísimo. No fui consciente de la magnitud de los acontecimientos hasta que mi existencia se convirtió en un tormento. Vale. No soy una madre ejemplar. He sufrido un divorcio, con una hija de por medio, y ahora he iniciado una relación con un chico bastante resuelto. Después de todo, me sentía libre de las ataduras matrimoniales que en el pasado me causaron tanto desconsuelo. Estaba empezando a disfrutar de la felicidad de hacer lo que quisiera, con quien quisiera o como quisiera, Sin embargo, aquellos hombres de rostros impávidos, de chaquetas grises y gafas de sol negras, que aparecían de la nada, que me asaltaban por la calle e incluso en mi propio hogar, me dictaban lo que debía o no debía de hacer, cómo tenía que comportarme en sociedad o qué lugares debía frecuentar. Me amenazaban con que si no abandonaba ciertos hábitos, mi comportamiento público afectaría profundamente la relación de mi hermana con el príncipe. Poco a poco, me fui convirtiendo en una marioneta sin voluntad, estrechamente ligada a las directrices de los agentes de la Casa Real.
    
Entonces, la angustia comenzó a anidar en mi interior. Me sentía observada. Cada vez que hablaba con alguien o iba a algún lugar veía aquellos cristales negros observándome desde la distancia, en un coche o a pocos metros, en un banco de la calle. A veces creo que hasta dentro de mi casa hay cámaras ocultas, y que carezco de vida privada.

No aguanto más. Esto no es vida. Y no quiero causarle ningún mal a nadie, ni siquiera  a mi hermana. Lo aconsejable es borrarse del mapa, evaporarse, porque incluso si me escapara lejos, muy lejos, habría alguien detrás, persiguiéndome. Por este motivo, he decidido suicidarme. Mañana redactaré una carta a mis familiares, después de lo cual, me quitaré la vida. Antes les escribiré que lo que hago tiene una razón lógica; que si he tomado esta decisión no ha sido por mi propio parecer. No lo hago por convicción, ni siquiera por iniciativa, sino por opresión. No hay mayor crueldad que perder tu libertad, tu independencia a manos de unos intereses nacionales nefastos, de una institución obsoleta y sanguijuela que vive del cuento, que sobrevive del bolsillo de todos los ciudadanos, y lo único que hace es habitar en lujosas mansiones y subsistir opulentamente a costa nuestra... No le deseo a nadie pasar por lo que yo estoy pasando en estos momentos.  

Que mi muerte, al menos, registre el eco de mi malestar. Así sea.

ÉRIKA, febrero 2010

              

Un día cualquiera


Una adicta al café a consecuencia del tedio.

Un lujoso sueño con forma de mansión.

Una marca de ropa que no encuentra gancho juvenil.

Una frase mística carente de sentido.

Una noticia sobre una deplorable violación a una menor.

Una chica fea que vitupera la belleza.

Un músico frustrado y autista.

Una dependienta defensora de animales exóticos.

Una oriental que reniega de sus raíces.

Una estudiante intrépida e inconformista.

Un homosexual inadaptado.

Una joven sindicalista absorbida por el capitalismo.

Un manager fracasado.



UN CORAZÓN QUE DESEA FERVOROSAMENTE EMPRENDER EL VUELO...





por fin... el amor



Por fin, después de muchos años perdido en el vasto océano, tras haber frecuentado infinidad de estuarios, por fin, el amor ha anclado en el viejo puerto de mi corazón. No hay palabras para describirlo. Solo se siente, se respira, se palpa... los pies se despegan del suelo y comienzas a levitar; tus sentidos se agudizan mientras que tu corazón palpita, se estremece y bombea a una velocidad inimaginable... eso es amor. Eso y las ganas de estar junto a la persona que amas para hacer planes, para escucharla, para protegerla, para sentirla cerca.

Ni la distancia, ni el tiempo, ni los obstáculos de la vida podrán romper lo que ahora siento. Jamás pensé que mi corazón oxidado pudiera volver a funcionar de nuevo. Sí. Ahora lo siento. Y por eso alzo el vuelo, levito, planeo... me deslizo sobre las olas, como en la foto.


Navegar



Navegar por los océanos del alma, con un viejo velero de cascarón agrietado y velas desharrapadas, luchando contra las tempestades de la vida, en la mayor soledad que el corazón de un náufrago pueda albergar.

Navegar por los confines del espacio, engullido por el eterno vacío, ese vacío pintado de lejanas estrellas y planetas perdidos que laten tímidamente al son de la ingravidez del devenir.

Navegar por el mar de la humanidad, mimetizado con las masas, entremezclado, en mitad de todos, observador, y dejándose llevar por la impredecible marea humana que habita la jungla de asfalto.

Navegar es volar, volar más alto que las nubes, queriendo tocar el techo del cielo, allá donde los sueños se hacen realidad.

Navegar sin rumbo, ni futuro ni presente, cuando el tiempo deja de existir.

La vida es navegar con los ojos cerrados.

A MI CORAZÓN

Eres veleta sacudida por tempestades bravuconas. La brisa que mece la copa de los álamos en una mañana soleada. El sabio que dedica su efímera existencia al desciframiento de la verdad suprema. Partes las reglas por la mitad para tu propio inconformismo, como si ningún sabor conocido te complaciera; el sabor de la libertad desatada que nunca quiere mostrar su rostro impávido. Y mientras huracanes te zarandean entre los cuatro puntos cardinales, cual pétalo de azahar en abril, sigues pensando que ésta es la mejor forma de resollar placentero, como vivir vivamente. Unos nacen, otros mueren. Pero sabes de antemano que muchos han nacido muertos. Tú no. Eres crisol de vida inquieta, metal incorruptible… la fuerza motriz de mi existencia.

Tiempo moderno




¿Qué es el tiempo?

Tiempo es ir siempre a prisa, con los minutos, los segundos eficientemente administrados para un fin.

Tiempo son números; se paga con hipotecas, recibos, facturas, tickets de compra.

El Tiempo se bebe en botellines de cerveza, huyendo de algo que no se logra reparar.

El Tiempo tiene cuentakilómetros, gomas gastadas y gasolina consumida.

Tiempo es querer ser adulto, luego ser jóven y, al final, buscar la eternidad.

El Tiempo es un invento del sistema, donde las cosas duran lo suficiente como para echarlas siempre de menos.

El Tiempo se llora con lágrimas, por los que vienen al mundo, por los que se fueron y por los que se están yendo.

El Tiempo, mi Tiempo, se escurre como el agua entre las manos... quiero escurrirme con él y olvidar qué es el Tiempo, para qué sirve el Tiempo, porqué es tiempo.